La autoconfianza como motor del rendimiento deportivo

autoconfianza CR7

LÓPEZ DEL CAMPO, Roberto.

La autoconfianza está directamente relacionada con otros aspectos que influyen sobre el rendimiento deportivo, entre los que se encuentra el nivel de motivación, las emociones, los pensamientos positivos, la capacidad de concentración y la resistencia a la fatiga físico-mental (Balaguer, 1994).

De forma indirecta, la autoconfianza influye sobre el rendimiento al permitir un mayor control del estrés competitivo. Niveles altos de autoconfianza pueden incluso llegar a convertir situaciones estresantes en estados motivantes. Este proceso se produce gracias a que el deportista no percibe la situación estresante como una amenaza sino como un nuevo reto a superar (Buceta y López, 2009).

Los estudios existentes hasta la fecha sobre la relación entre la autoconfianza y la correcta elección–ejecución de la respuesta deportiva, establecen una correlación positiva, llegando a considerar a la autoconfianza como el motor del rendimiento deportivo. En general, los deportistas con altos niveles de autoconfianza se fijan objetivos más ambiciosos y responden de forma más eficiente a situaciones complejas y de mayor dificultad (Weinberg y Gould, 2010).

El rendimiento mejora a medida que aumenta el nivel de confianza que tiene el deportista sobre sus capacidades hasta un punto óptimo, a partir del cual aumentos adicionales de confianza disminuirían el rendimiento por darse el fenómeno conocido como exceso de confianza (Cox, 2009).

Podríamos establecer el nivel óptimo de autoconfianza como aquel en el que el deportista se establece metas realistas basándose en sus propias habilidades. Para lo cual, es imprescindible un buen nivel de autoconocimiento, así como mantener procesos de retroalimentación constantes que evalúen los resultados obtenidos con la percepción de maestría o competencia a la hora de ejecutar una serie de acciones determinadas (Viade, 2004). Este nivel de autocrítica permite al deportista conocer mejor cuáles son sus límites y cuál es el nivel de riesgo máximo que puede asumir sin llegar a la temeridad – distorsión entre lo que cree que puede hacer y lo que realmente puede hacer sobre la base de las competencias reales – (Fontaine, 1997).

No debemos confundir esta deseada prudencia con una no deseada falta de ambición competitiva. Como ya hemos comentado anteriormente, solo con una autoconfianza real – basada en competencias reales – el individuo puede marcarse retos cada vez más ambiciosos sin llegar a frustrarse en el intento (García, 1994).

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