El entrenamiento desde una perspectiva psicológica (I)

jose-mourinhoLÓPEZ DEL CAMPO, Roberto.

“Se habla de recuperar físicamente a un futbolista […] y apenas se plantea la necesidad de una acertada recuperación psicológica, que, de lograse, catapultaría a ese jugador a cotas increíbles de aciertos. Y cuántas veces, por el contrario, un futbolista juega y se entrena en condiciones anímicas de “lesión grave” sin que encuentre la debida restauración o resarcimiento de su personalidad dolorida. Bastaría, a lo mejor, una atinada cura de convalecencia psíquica para que incluso físicamente se encontrar a punto” (Coca, 1985).

Partimos de la obviedad de que sin entrenamiento, por muy bien que esté dotado genéticamente el individuo, es imposible alcanzar la excelencia deportiva. Por lo que el cómo y el cuánto se van a convertir en aspectos importantes para alcanzar un rendimiento deportivo óptimo. Así Ericsson (1996) establece que la cantidad y calidad de entrenamiento al que un individuo se someta durante un mínimo periodo de tiempo está directamente relacionado con el rendimiento.

Se puede realizar un análisis cuantitativo de los factores del rendimiento que se deben desarrollar en una sesión de entrenamiento en función de las acciones competitivas que se producen durante un partido: jugadas de ataque, remates a portería, remates fuera, interceptaciones del portero, centros al área, fueras de juego, balones recuperados, balones perdidos, asistencias, faltas recibidas y faltas cometidas (Lago, 2005). Por el contrario, el análisis puede ser más cualitativo. En cuyo caso, el componente psicológico del entrenamiento desempeñará un papel clave sobre todo en lo relativo a aspectos como la atención y concentración, la cooperación y cohesión del grupo, el control del estrés, la motivación y la autoconfianza (Dosil, 2008).

Los individuos no heredan pautas específicas de comportamiento. La herencia influye en una amplia gama de dimensiones de nuestro comportamiento: sociabilidad, ansiedad e inteligencia; aunque todavía no se sabe de forma empírica el grado en que la herencia parece influir en estas dimensiones del comportamiento (Harris, 2010; Plomin, 1989).

Dentro de los componentes genéticos estarían factores como las características antropométricas, ausencia de patologías y las capacidades físicas condicionales – velocidad, potencia, agilidad y flexibilidad – (Malina y Bouchard, 1981). Todos ellos los consideraremos componentes genéticos desde el prisma de la predisposición más o menos favorable a su desarrollo. Es decir, individuos que ante un mismo entrenamiento en contextos similares consiguen mayor rendimiento que otros gracias a su mejor predisposición genética (Reina Gómez y Hernández Mendo, 2012).

Aunque no es menos cierto que en deportes colectivos como el fútbol, la interacción continua con otros compañeros, interacción cooperativa; o con los rivales, interacción de oposición, minimizan la posible influencia que los aspectos genéticos pudieran tener sobre el resultado (Martín Acero y Lago, 2004). El hecho de que determinados aspectos físicos o psicológicos estén influidos por la herencia no significa que estos no puedan ser modificados. Las decisiones que tomamos, junto al estrés, relaciones sociales y demás factores psicológicos moldean los rasgos de personalidad heredados (Angoff, 1988).

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